domingo, 4 de marzo de 2012

Jardín hamaca

Había en el aire un olor a ciruelas rojas. Ciruelas redondas con el corazón rojo. Ciruelas de un árbol tocado por mis pies de niña subida a la hamaca. Olor a cielo tocado con la punta de los dedos del pie. 
Quizás eran olor a rosas rosas de pétalos arrebujados como alcauciles verdes. Tan olorosas como los amarillos limones del mismo jardín hamaca de la casa de mi abuela.




No  era la tierra  ni cielo lo que me importaba de este jardín rojo, redondo como una hamaca, que se arrebujaba en un limón verde en el mismo árbol que da ciruelas y da alcauciles, no. Lo que me inquietaba era el pie que podía tocar abuelas, con sabor a ciruelas, y que llevaban su olor a todas partes.
Abuelas que están en cielos donde hay pies y dedos. Que se sienten por los olores que emanan de las hamacas vestidas de limones, rosas y alcauciles, mientras los yoes como yo vivimos en ciruelas, percibiendo infinitamente los olores en todas las cosas y en todas las casas.